CARTA A IKRAM ANTAKI

Ilustración: Staff Deambulario

Por Gerardo De la Concha

@ger_delaconcha

Querida Ikram:

Han terminado las fiestas de fin de año. Como estoy en el umbral de la vejez —qué difícil es decir esto—, el recuerdo de los muertos se hace presente con fuerza y nutre la nostalgia.

Pienso en mi padre ausente en mi infancia, y en el internado donde estuve un tiempo; le denomino orfanatorio y me he enterado que ya no existe. Es curioso, pero el tiempo que estuve ahí me hizo fuerte.

Una mujer amada recuerda a su padre muerto y se llena de ternura por él, a mí no me pasa eso, aunque finalmente la remembranza de mi viejo —una manera común y cariñosa de referirse al padre—, termina por conmoverme a pesar de cualquier reproche extemporáneo que pudiera hacerle

Luego pienso en mis camaradas de juventud, muertos todos ellos por una gran quimera —perdóname, pero le voy a poner en mayúsculas—, te llamo, te llamo Quimera, decía Dino Campana, mi amado poeta loco. En una novela enloquecida que acabo de escribir, los revivo en algunos instantes de sus vidas y retrato su grandeza despiadada. Yo sobreviví y ya no persigo quimeras. Y de todos modos les extraño, porque de alguna suerte estuve en una guerra con ellos y eso me da una pureza secreta a pesar de repudiar los viejos ideales.

Están por supuesto mis animales, una inocencia en mi vida llena de felicidad por su existencia y de dolor también por su ausencia. En mi biblioteca —un lugar sagrado por los libros que tengo ahí—, tengo urnas con sus cenizas y ahí las preservo: mi perro Sebastián, un pastor alemán tan dulce, tan inteligente, que durante mucho tiempo fue mi mejor amigo. Me iba al parque con él y los dos nos sentábamos contemplativos durante un buen rato. Y Olesia, su compañera, y Tamara y Polanski, sus hijos, y mi gato Fersen, tan aristócrata, o Corneto, el más carismático gato callejero que he conocido. Y también resguardo la memoria de Sansón y Cocoliso de mi infancia. Sansón, el pequinés, terminó ciego y si alguien pronunciaba el nombre de su amigo, Cocoliso, muerto antes, gemía por él y lo buscaba.

Qué te puedo decir Ikram, también rememoro a Rina y Angélica, muertas jóvenes y hermosas. No debían haber muerto tan trágicamente y a esa edad. Ahora envidio a la Muerte que las posee totalmente. ¿Sabes? Todos los años me prometo ir al cementerio judío de Rina y al cristiano de Angélica, para llevarles flores en sus aniversarios y nunca lo hago. Ni pronuncio ninguna oración por ellas, pero aparecen en algunos de mis libros, como presencias sutiles, etéreas, y el tiempo transcurrido no las desvanece y no se convierten en amores marchitos, es como si en un día próximo fuera a tener una cita con cada una de ellas y en ese encuentro supiera que se va a dar de manera inevitable una extraña combinación de risas y melancolía.

Querida Ikram, así es este asunto de la nostalgia. Como una maestra de mi madurez, te apareces también en mis recuerdos. Y debes saberlo, eras una maestra deslumbrante y generosa. Criticaba con mis artículos a un farsante querida por el establishment cultural de izquierda, el manipulador de la causa indígena, Marcos, y por eso te conocí gracias a nuestro amigo Fernando Amerlinck. Aceptaste mi postura a contracorriente y me defendiste del repudio generalizado y lo hiciste con todo el valor de tu sabiduría.

Recuerdo luego como me regañaste porque te enteraste que no subrayaba mis libros: “¡debes dialogar con ellos, no son objetos para reverenciarlos!” me dijiste; y como eras mi maestra decidí hacerte caso. Si alguien revisara ahora muchos libros míos, podría constatar mi diálogo con ellos. ¿Cómo no seguir tus instrucciones?

Un día tomamos café y me explicaste cosas sustantivas de Platón en un par de horas. Sé que te caía bien porque como autodidacto conocía a los clásicos: los griegos, los latinos, los rusos, filosofía y literatura; te causó gracia mi explicación: “es que eran los libros más baratos para un muchacho pobre”. Y lo anotaste en una libretita, porque nada se te escapaba, hasta un comentario baladí.

Todos estos años lo he dicho, cómo nos haces falta, Ikram: por tus conocimientos, tu claridad expositiva, tu magisterio, tu honestidad intelectual, tu filo polémico. Frente a la descomposición del mundo y la mediocridad del ambiente en México, se alzaba tu espíritu enérgico, decantado por la filosofía clásica y por tu agudeza muy personal.

Hoy la región de donde llegaste padece una guerra cruel y el sufrimiento humano vuelve a clamar al cielo. Eso hace más dolorosa tu ausencia, pero estoy seguro que tu análisis de la situación terminaría por darnos alguna esperanza, porque confiabas en la libertad humana como un ave fénix capaz de resurgir de las cenizas.

Ikram, nadie que te haya conocido puede olvidarte. Y así ahora, en esta nostalgia de fin de año, hay un destello alegre, un recuerdo iluminado porque tuve el privilegio de conocerte y que me animaras a seguir siendo lo que era y por eso, mucho de lo que soy ahora —quiero decir de lo bueno que puede haber en mí—, se inspira en ti y eso es suficiente para agradecértelo.

A ninguno de mis muertos les he dicho adiós. De alguna manera ellos están conmigo siempre aunque estén ausentes y por eso, no obstante el triunfo de la muerte, me rebelo ante ello y para mí sólo habrán de morir realmente cuando yo muera.


Ikram Antaki (1947-2000), maestra y escritora siria radicada en México.

“Es hipócrita hablar de acabar con la injusticia. Lo único que podemos hacer es hablar de equidad: dar las posibilidades para que los hombres hagan las cosas si es que pueden hacer las cosas”

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