Canoa: de la represión al epicentro de la libertad

Por: Jenifer Ángeles
@JACamachofeelm

Viajé aproximadamente 130 kilómetros para asistir a aquella noche mexicana tan peculiar. Y debo decir que no recibí una invitación formal. Hace unas semanas vi un flyer sobre un festival de rock en San Miguel Canoa, Puebla y cuando me percaté que se trataba de un festejo patrio amenizado por bandas de subgéneros tan diversos como el punk, gore y power metal fue inevitable pensar: esto es un fenómeno inusitado.

A 48 años del linchamiento de los trabajadores de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP), los jóvenes de San Miguel han acogido con entusiasmo y calidez (desde los últimos cinco años) a otros jóvenes originarios de distintas entidades de la República y del extranjero; quienes con su música, legaron al imaginario colectivo de Canoa un epitafio que ha desdibujado el estigma de la represión.

Por tales motivos, emprendí mi traslado a esta comunidad. Notifiqué mi asistencia a la productora encargada del evento (Cofradía Rockera), me dirigí a la terminal de autobuses, y partí de la Capital Metropolitana. Mi travesía apenas comenzaba.

El origen

Mi traslado desde la Cuidad hacía Puebla no fue diferente al de otras ocasiones. La autopista que une ambas entidades muestra los paisajes naturales rodeados de asentamientos semiurbanos así como construcciones inconclusas y poco planificadas. A pesar de la relación comercial que mantienen dichas ciudades desde la época de la Colonia, puedo notar la conjunción de dos épocas: el medievo y la edad moderna como sucesos paralelos, a pesar del progreso entre el oscurantismo feudal y la iluminación del sistema capitalista. En efecto, hay transición, pero también la resistencia; aquél escepticismo que los pobladores de Canoa emplearon el 14 de septiembre de 1968 sobre Lucas García, Ramón Gutiérrez Calvario, Jesús Carrillo Sánchez y Odilón Sánchez Islas en el momento en que decidieron lincharlos, y la renuencia que al día de hoy, los pobladores de San Miguel manifiestan sin violencia, pero con recelo, respecto al desuso de costumbres y tradiciones.

Por ello, me resulta inverosímil que una de las expresiones más satanizadas de la cultura popular se postren sobre los aposentos de San Miguel Canoa. A esta localidad han llegado propuestas pertenecientes a diversos géneros musicales; pero es el rock el que ha permeado entre algunos de sus jóvenes como su estilo de vida y una explicación de su realidad actual.

Rockotitlán en Puebla

Mi primer encuentro con San Miguel Canoa fue muy similar a mis expectativas. El acceso para un turista promedio puede tornarse dificultoso. A pesar de ello, no tuve problemas para ingresar; un taxi me aguardó desde el centro de Puebla hasta mi destino gracias a las facilidades otorgadas por Jesús Pérez Pérez (director de Cofradía Rockera), para la redacción de Deambulario.

Sólo hay un camino para ingresar al poblado, y este se encuentra engrosado por los plantíos que aún son testigos de la vida rural en la zona. Al avanzar, se pueden apreciar las primeras viviendas seguidas por el panteón de la comunidad, y finalmente, el camino conduce hacía el zócalo de Canoa, donde se encuentra la explanada municipal y a un costado, la Parroquia de San Miguel Arcángel.

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El ambiente patrio de aquél 15 de septiembre no auguraba nada inusual: los puestos callejeros de comida regional, pirotecnia, adornos, las personas deambulando por las calles; todo era similar a cualquier festejo conmemorativo en esa fecha. Pero el suceso del que había escrito con anterioridad, pero que nunca había presenciado se suscitaba en dos espacios diferentes: uno en el “Salón Titanic” y el otro en el “Bar La Salamandra”. Ambos eventos tenía la misma temática; trataban sobre el rock y mostraban talento proveniente de distintas partes de la República. La escena roquera en la localidad trascendió de eventos esporádicos durante todo el año a dos shows paralelos en un solo día.

 

Ekinoxio, Zacrificio, Libertad Sin Fronteras, Desobediente, Necromancia (entre otras) se presentaron en el “Titanic”, mientras en “La Salamandra” se presentaba Libertaria, Drakonia, Inside Death y Zacrificio. En el primer evento llegaron alrededor de cien personas y en el segundo, treinta, aproximadamente.

Durante algunas conversaciones que tuve con Jesús Pérez Pérez, el promotor señala que “San Miguel es un público cautivo. Se les complica salir de su lugar de origen y la gente vive con estigmas de sus pobladores”. La escena underground, dice está compuesta por metaleros y punks, y los metaleros no van a las tocadas de punks y a la inversa; “ellos saben lo que escuchan”, asevera. Sin embargo, ese día ocurrió todo lo contrario. Ambas facciones convivieron por igual y disfrutaron de un ambiente ameno y familiar, donde los niños y las mujeres gozaron de la propuesta de cada una de las bandas.

Los asistentes bebían cerveza y pulque, hacían headbanging, slam y coreaban algunas de las canciones. El ambiente roquero de San Miguel emerge sin temor a la represión ni al futuro, los fans conocen música a través de algunos medios impresos y por medio de la publicidad de boca en boca. El internet aún no figura en sus fuentes de información, y a pesar de las adversidades no pierden el interés por conocer aún más sobre sus subgéneros predilectos.

Por el contrario, los jóvenes de Canoa persisten en conservar sus espacios y el legado que el rock les ha confiado, más allá de los señalamientos que los mitifican como una población violenta y subversiva, tal y como lo hicieron los fans capitalinos en Rockotitlán, quienes sobrevivieron al ghetto, y catapultaron el rock mexicano hacía el exterior.

Las agrupaciones locales como Libertad Sin Fronteras son una firme prueba de ello.

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