Camus y lo absurdamente humano

Por Enrique Huerta

«Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé». Así comienza una de las grandes obras literarias del siglo XX, El extranjero, la cual parece presagiar un fenómeno que es evidente y que, a pesar del desarrollo de los mass media, se vuelve paradójico: el aislamiento y la creciente indiferencia al entorno de uno. El hecho de que entre más maneras de comunicarnos, más nos hemos alejado, incluso a nosotros mismos, con la alienación. Eso, el escritor Albert Camus ya lo tenía en mente, ya lo “sentía”.

Calificar a este autor —que igual escribió novela, que ensayo y dramaturgia— sería tratar de encasillar a este personaje que comprendió por dónde y para dónde iba la humanidad. Camus alguna vez expresó que “El siglo XVII fue el siglo de las matemáticas; el XVIII, el de las ciencias físicas; el XIX, el de la biología. Nuestro siglo XX es el siglo del miedo”. Probablemente el siglo XXI es la masificación, cada vez a mayor grado, de la actitud indiferente hacia el entorno de Meursault, protagonista de El extranjero.

Sin embargo, aunque se le identifica con los existencialistas, Albert Camus se inclinó más por el sufrimiento, la indiferencia, el abuso de poder y el absurdo. El extranjero y Calígula son dignos testimonios de la visión de este autor.

Los personajes y lugares que utiliza en sus obras se basan en el Argelia de mediados del siglo XX, donde la pobreza, el calor y la represión estaban —aún hoy— presentes. Aunque dejan ver el interés del escritor por el absurdo, remitiéndonos a Samuel Beckett, a la vez que esa desesperación que caracteriza a la sociedad posmoderna. Muchos encuentran influencias de Sören Kierkegaard y de Friedrich Nietzsche en este autor.

Para Camus, la existencia es insignificante en sí misma y prefería considerarse un «absurdista». En El Mito de Sísifo, ensayo filosófico, describe «el sentimiento del absurdo», el reconocimiento profundo de la inanidad, y la intrascendencia del hombre enfrentado al cosmos, a su destino y a la historia, sólo rescatado cuando actúa «como si» pudiera cambiar el universo.

La cuestión política en Camus es reflejo de cómo el medio en el que se encuentra el escritor sí influye en la obra. Estuvo un tiempo en el Partido Comunista Francés (al que renunció por no estar de acuerdo con los dirigentes) e, incluso, dirigió el mítico periódico Combat.

Crítico de los acontecimientos políticos de su tiempo. Combatió en la liberación de Francia contra la ocupación nazi; aunque tiempo después, apoyaría la independencia de Argelia. Reprochó a Sartre y a todos los intelectuales de la época que apoyaban a la izquierda violenta, pues se sabe que, por ejemplo, Sartre vio con buenos ojos el régimen de Pol Pot. También condenó el bombardeo atómico sobre Hiroshima y Nagasaki. “No tener méritos académicos”, fue la premisa descalificatoria hacia Camus.

Probablemente estas situaciones hicieron que escribiera Calígula, drama basado en el famoso emperador romano y que es solamente un pretexto para poder discurrir acerca del poder y —otra vez—, los niveles de sin sentido a los que se puede llegar con el exceso de poder.

De hecho, para el escritor que fue laureado con el Premio Nobel de Literatura en 1957, la verdad y la moral son propias de cada individuo y que no se ajustan a modelos universales y absolutos.

Albert Camus, a pesar de todo lo mencionado, sentía confianza en el teatro y en su valor como arte. «El teatro no puede desaparecer porque es el único arte donde la humanidad se enfrenta a sí misma».

Para el aniversario número cincuenta (en 2010) de la muerte del escritor extranjero —porque nació en Argelia, que era colonia francesa a principios del siglo XX, pero que nunca se consideró como tal— Albert Camus, el presidente francés Nicolás Sarkozy propuso trasladar los restos mortales del literato, al Panteón de Francia, pero dos de sus hijos se negaron a tal petición. El absurdo lo sigue hasta su sepultura.

 

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