Bradbury: entre la nostalgia y el pesimismo

Por Francisco Contreras
@FContrerasMX

Hoy cumpliría 100 años aquel autor estadounidense de género incierto que a veces parece profeta y a veces aquel tío lejano de mente ingeniosa que cada reunión familiar se sacaba algún cuento fantasioso de la manga y lo cuenta como si de verdad lo hubiera vivido: Ray Bradbury.

Digo género incierto porque mientras muchos consideran sus obras como parte de la ciencia ficción, él se consideraba autor de obras de fantasía, pues decía que cosas como las relatadas en sus Crónicas marcianas (1950) nunca ocurrirían. Aunque para él Fahrenheit 451 (1953) sí era obra de ciencia ficción distópica, y esperaba que la humanidad no llegara a eso… Otra vez.

Incluso hay estudiosos que lo consideran fuera de la ciencia ficción por la falta de rigor científico en sus obras, llevando al hombre al planeta rojo por obra de algún cohete cuasi mágico y a una atmósfera respirable, aunque más ligera que la terrestre, pero no el aire venenoso compuesto por dióxido de carbono.

Y aunque este último punto se debe a que el escritor oriundo de Illinois, Estados Unidos, cursó hasta el bachillerato y lo demás lo aprendió leyendo en bibliotecas públicas, realmente no hace falta que se ponga bata de científico y nos hable de la composición dióxido de carbono (95%), nitrógeno (3%) y argón (1,6%) del aire marciano o si los cohetes colonizadores eran impulsados por combustibles como los usados actualmente, si usaban energía nuclear como en Star Trek o si tenían alguna tecnología aún desconocida para nosotros.

Pues no, el ver las pruebas del Starship, el nuevo cohete con el que SpaceX pretende llegar a la Luna y Marte, me remitió directamente a aquella playa de un mar seco en la que la señora K recordó una canción que no conocía y donde un celoso señor K mataría al capitán Nathaniel York, el primero de innumerables expediciones al planeta rojo. Todo esto, contado con una melancolía que no hace más que crecer conforme nos adentramos en las diversas campañas terrícolas en la cuarta esfera del sistema solar.

Esto, a mi parecer, es Bradbury: la melancolía por el futuro, como si la línea del tiempo fuera al revés para demostrarnos que como civilización no hemos aprendido nada, ya sea con los ímpetus de un gobierno totalitario para acabar con toda la palabra escrita o con la colonización inmediata a una civilización recién conocida.

Y es que si reflexionamos un poco, aunque Fahrenheit 451 alude a la era McCarthy en Estados Unidos y la preocupación por una posible quema de libros, la censura no ha dejado de existir por completo en el mundo, así como lo más probable es que, de encontrar vida inteligente, los humanos buscarían conquistar Marte como una especie de expansión de la Tierra, sobre todo después de los estragos del cambio climático y que podría estarse acabando nuestro tiempo en el planeta. Al menos tal y como lo conocemos.

He aquí donde entra su pesimismo, pues a través de los cuentos que conforman las crónicas marcianas, nos va relatando un par de enfrentamientos entre ambas civilizaciones, la exportación de la varicela y el fin de aquella cultura, y el éxodo humano de una Tierra deshecha, durante el cual el racismo vuelve a hacer su aparición al momento de abordar los cohetes, como si de una especie de selección antinatural se tratara.

Y entra, porque más que un libro premonitorio, como fueron los de Julio Verne o de Isaac Asimov, él escribió para alertar a la sociedad, para prevenir que ocurran ese tipo de situaciones; al igual que 1984 (1949) y Un mundo feliz (1932), de George Orwell y Aldous Huxley. Sólo esperemos que sus crónicas no se vuelven realidad también.

A mi parecer, la prueba más fehaciente de esta especie de miedo a la tecnología futurista y los perjuicios a la humanidad y en manos de los humanos, es que nunca obtuvo su licencia de manejar y que abordó su primer avión a los 62 años.

Aunque no puedo negar ciertos tintes de optimismo en su obra, pues alguna vez afirmó esperar que a 200 o 300 años algún niño o niña leyera sus crónicas marcianas por la noche bajo las sábanas en Marte, quizá durante unas vacaciones familiares de las cuales, según el papá, volverán a la Tierra en un millón de años.

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