Borges y Rulfo, un diálogo inmortal

Hace 121 años nació uno de los escritores y poetas más importante para Latinoamérica, Jorge Luis Borges.

El argentino, creador de laberintos sin fin que ha enamorado a varias generaciones, visitó México por primera vez en 1973 para recibir el premio Alfonso Reyes –galardón que consideró un halago– y también cumplir con diferentes encuentros culturales.

Pero el maestro argentino tenía una sola petición, poder sostener un encuentro con Juan Rulfo, así que una tarde surgió un diálogo digno de la obra de cualquiera de los dos grandes escritores.

De acuerdo con el académico Jorge Zepeda, de El Colegio de México, la conversación fue la siguiente:

RULFO: Maestro, soy yo, Rulfo. Qué bueno que ya llegó. Usted sabe cómo lo estimamos y lo admiramos.

BORGES: Finalmente, Rulfo. Ya no puedo ver a un país, pero lo puedo escuchar. Y escucho tanta amabilidad. Ya había olvidado la verdadera dimensión de esta gran costumbre. Pero no me llame Borges y menos «maestro», dígame Jorge Luis.

RULFO: Qué amable. Usted dígame entonces Juan.

BORGES: Le voy a ser sincero. Me gusta más Juan que Jorge Luis, con sus cuatro letras tan breves y tan definitivas. La brevedad ha sido siempre una de mis predilecciones.

RULFO: No, eso sí que no. Juan, cualquiera, pero Jorge Luis, sólo Borges.

BORGES: Usted tan atento como siempre. Dígame, ¿cómo ha estado últimamente?

RULFO: ¿Yo? Pues muriéndome, muriéndome por ahí.

BORGES: Entonces no le ha ido tan mal.

RULFO: ¿Cómo así?

BORGES: Imagínese, don Juan, lo desdichado que seríamos si fuéramos inmortales.

RULFO: Sí, verdad. Después anda uno por ahí muerto haciendo como si estuviera uno vivo.

BORGES: Le voy a confesar un secreto. Mi abuelo, el general, decía que no se llamaba Borges, que su nombre verdadero era otro, secreto. Sospecho que se llamaba Pedro Páramo. Yo entonces soy una reedición de lo que usted escribió sobre los de Comala.

RULFO: Así ya me puedo morir en serio.

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