Aventurera

Por Tapia Romero

@daromtap

Botellas vacías, colillas de cigarro, basura y cuerpos tirados por todas partes. El cadáver de la fiesta parecía incomodarla, recordarle que estaba sola —ebria, eufórica, con ganas de seguir la fiesta. Se sirvió un trago, observó el reloj, miró por el ventanal la desolada y ardiente calle, bebió hasta vaciar el vaso, tomó su guarda monedas y salió en dirección al Metro con la madrugada del sábado para ella sola.

Cubierta por las islas de sombras que tiraban los autos y los árboles, llegó a la estación Tacubaya a las 5:30 de la mañana, era la única pasajera en medio del largo corredor, hasta que vio lentamente el primer tren del día, soltando su seco alarido.

Al abrirse la puerta, los pasajeros que viajaban en el vagón tenían cara de pocos amigos, buscó asiento, optando por el más cercano, el que correspondía a la palanca de emergencia, se instaló con menudo placer hasta que sintió que alguien la miraba: era un moreno huesudo con cara de hambre, greñudo, barbón, mugroso, harapiento. Se miraron mutuamente, el transporte reinició su marcha.

—Estúpido, pensó Alicia entre ofendida y nerviosa, ocupada en guardar torpemente su monedero, luego que el alcohol y el sueño conquistaban lentamente su cuerpo, observó de reojo a las señoras que viajaban en el asiento de lado, ofreció disculpas y dejó caer la cabeza hacia atrás, dispuesta a descansar los ojos a lo largo de las ocho estaciones restantes para llegar a su destino.

Luz y sombras, murmullos, susurros, claroscuro en la palanca de emergencia, “Jale en caso de…” indicación que apenas alcanzaba a reunir, sollozos  y lograba así una zona de seguridad, una tregua en medio de la embriaguez.

—Escuchaste en el noticiario de ayer que asesinaron a otra chica en el Metro, una voz gruesa que apenas se distinguía pronunciaba esas palabras. De fondo gimoteos que manifestaban: “gracias por acompañarme, los hombres de hoy son unas bestias”.

Súbitamente inquieta, intentó fijar los ojos en el sujeto que ahora viaja de pie mirándola fijamente, pero el peso de sus parpadeos la vencía, le regalaba camino al malhechor. Luz y sombras, murmullos, susurros, claroscuro en la palanca de emergencia, Alicia una o dos veces intentó mirarlo, él sonreía maliciosamente.

El muchacho esperó a que bajara la gente para emprender el acercamiento, mientras Alicia inmóvil, pesada de sueño, segura en su asiento pero tan intranquila al ver que pocos pasajeros se quedaban abordo, sintió como un hueco en su ser, le venían de pronto ganas de bajarse (pero tal vez sería más peligroso caminar así a esas horas); notó que el hombre parecía inquieto, miraba a un lado y al otro, después hacia atrás.

Oscuridad, parpadeo: mujeres y hombres recorren el pasillo y se instalan en la puerta de salida, bajan —todos bajan— pero nadie más sube. Confusión: la puerta aúlla, él se para al lado suyo, ella mira sus manos. Estaba ahí: manos, jadeos, párpados pesados; jadeos, muchas manos, nada más. La puerta seguía abierta, ella lo sabía por el frío por el aire que helaba su cuerpo.

Tengo miedo, balbuceó sencillamente. Si por lo menos tuviera un pantalón, pensó mientras su atacante saboreaba sus piernas. No, no por favor. Ella le apretó débilmente los dedos. Sin embargo, él deteniendo su torpe intento de levantarse susurró: “¡Cállate!  ¿No es lo que querías? Ebria, eufórica, con ganas de seguir la fiesta me invitaste con tu mirada”.

La puerta seguía abierta, el andén vació, la palanca de emergencia cada vez más inalcanzable —tan sorda como muda—  sólo eran ella y él. Ojos y cuerpo de ella no respondían, su única esperanza era que algún guardia se acercara, que no se cerrara esa puerta. De pronto, un grito mecánico, aquél alarido anunciaba el cierre de la puerta, su perdición.

Él posó todo su peso sobre ella, la tomó de los hombros y le gritó… los sonidos ya no tenían sentido.  Alicia con las mejillas empapadas, los besos de su atacante y un filo recorriendo su cuerpo, soltó un lamento.

—Despierte señorita se quedó dormida, ha llegado a la terminal ¿está bien?, indicó un joven trabajador del metro.

Ella sin responder salió del vagón para abordar el siguiente, dispuesta esta vez a bajarse en Pino Suárez. Una vez dentro recorrió con la mirada el interior, solamente un vendedor de El Gráfico estaba ahí, compró el diario y leyó con atención:

“El asesino del Metro atacó de nuevo, la Secretaría de Seguridad Pública del Distrito Federal (SSP) aún no define la identidad del delincuente, existen rumores sobre su aspecto: hombre de nariz aguileña, joven, guapo, moreno, se hace pasar por trabajador de este transporte”.

Alicia, sorprendida quiso bajar del tren o por lo menos jalar la palanca; sin embargo, la puerta se cerró. La impresión hizo que notara un ardor sobre su hombro izquierdo, mismo lado en que su blusa y sostén estaban rotos.

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