Aún hoy es más

20 AÑOS DE AMORES PERROS

Por Jesús Chavarría

@jchavarria_cine

Mucho se menciona sobre que Amores Perros marcó un antes y un después en el cine mexicano, el cual a partir de ahí comenzó a ser visto de forma distinta tanto por el mercado extranjero, como por nosotros mismos, además de que definió una generación, adquiriendo así un innegable estatus de clásico.

Sin embargo hay algo extra, un hecho tan significativo como preocupante, y es que no solo ha resistido el paso de los años, sino que a dos décadas de su estreno, sigue adelantada a nuestro tiempo como industria, si, así como suena y con todas sus letras, evidenciando aquello que en nuestro cine sigue siendo uno de sus grandes pendientes, el poner en práctica la fórmula para alcanzar una efectiva conjunción entre el plano comercial y las propuestas con pretensiones artísticas y discursos comprometidos.

Arte de uno de los afiches de la cinta

Y es que no fue gratuito que en pleno cambio de milenio, aquel que fuera uno de los perpetradores de los populares conceptos rádiales surgidos de WFM, hiciera acompañar su descarnado retrato social y también ópera prima que, a pesar de sustentarse en el discurso crítico delineado por un brillante Guillermo Arriaga —quién de paso reivindicó la labor y el lugar del guionista—, nunca abandona una clara vocación por el entretenimiento; de una campaña comercial minuciosa y lúcida. Ésta fue capaz de enganchar a los jóvenes ávidos de ver su realidad reflejada en películas propias y de alto perfil, de crear gran expectativa en un público adulto escéptico ante las decepción y la escasez, y de integrar como una pieza clave en la maquinaria para alcanzar al gran público, su presencia en eventos de gran prestigio como el Festival de Cannes, en donde se hizo con el premio de la crítica.

En aquel entonces, en los albores de un nuevo siglo, además de que eran menos de media docena los estrenos mexicanos por año, prácticamente ninguno anunciaba su inicio de rodaje, detalles de desarrollo o cierre del mismo, los medios poco o nada les interesaba el suceso y mucho menos se consideraba que organizaran una premiere, ya no digamos fastuosa, sino al menos digna.

Pero Alejandro Gonzàlez Iñarritú, de 36 años, con toda su experiencia en el campo de la publicidad y con un equipo de trabajo, no desaprovechó lo que tuvo a su alcance.

Tampoco consideró que eso fuera en detrimento de sus pretensiones en el plano creativo, por el contrario, apostó por hacer desde los promocionales más simples en papel, hasta integrar un soundtrack, tanto al servicio de la historia como con posibilidades de impacto comercial, contando con la colaboración de viejos amigos, como Control Machete y Café Tacvba .

Ante un panorama en el que era un milagro poder encontrar desde una pequeña nota sobre los estrenos de cine mexicano en alguna revista o periódico, hasta alguna proyección de ellas en los complejos cinematográficos dominados por los blockbusters hollywoodenses, incluso resultaba realmente emocionante tener en las manos una postal, ya fuera con las sombras de unas manos simulando cabezas de perros, la imagen del talentoso Gustavo Sánchez Parra o la de Gael García Bernal, acompañadas del título de una película en donde las historias de los protagonistas, trastocadas por el abandono y su relación con dichos cuadrúpedos, se unían y, al mismo tiempo, se fragmentaban con la estridencia de un choque de autos, y se nutrían del sentido orgánico que le otorgaba el uso de escenarios a los cuales poco se les modificó para la pantalla.

Eran otros tiempos, las redes sociales aún no marcaban el paso en el mundo, se contaba con herramientas y posibilidades diferentes, pero el objetivo era el mismo, y una de las claves fue que no menospreciaron ninguna de ellas, con lo que ganaron así su muy particular “Lucha de gigantes”, como dijera el tema de Nacha Pop, que aquí cobró otro sentido; a la hora de llegar al colectivo popular, manteniéndose seis meses en cartelera.

Fotograma de la película

Parece increíble que aún hoy, dentro del complicado panorama fílmico de nuestro país, prevalezca una enorme brecha entre el necesario cine de propuesta, cuyo interés va más allá de la recaudación, la trascendencia del sentido de entretenimiento y la importancia de los mecanismos comerciales.

Un situación que redunda en un evidente divorcio entre ese otro tipo de cine mexicano que quiere decir algo y sigue logrando el reconocimiento internacional, y el público que llena a las salas, algo que Amores Perros consiguió hace 20 años, y salvo un puñado de producciones en distintas circunstancias como La Ley de Herodes, Y tu mamá también o Roma, no se ha vuelto a repetir de manera tan contundente.

Deambulario

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