Angustia…

Por Roberto Rosendo Ríos Vargas

@ROBERTDELRIO

“Armando tenía 15 años cuando murió, bueno me lo mataron”, son las palabras de una madre que suspira por el recuerdo de su hijo muerto no hace más de un año.

La historia comenzó cuando desde pequeño mi hijo cambio los juegos por el dinero; una cosa pequeña lleva a una más grande y así fue como en un abrir y cerrar de ojos se le fue la vida a mi niño.

María tiene 38 años, tuvo cuatro hijos, le sobreviven dos. Uno está en la cárcel y uno más atiende una carnicería; dos fueron asesinados: uno a consecuencia de una venganza y el más chico, Armando, fue levantado, torturado y muerto a manos de un cártel de las drogas que opera en el Estado de México.

Mi niño comenzó haciendo mandados, “entregando tortas” una o dos veces por semana; después una o dos por día; hasta que las entregas fueron más frecuentes. Dentro de la colonia era un secreto a voces que se vendía droga, pero nadie decía, ni hacía nada para no meternos en problemas.

Armando fue creciendo y el dinero fácil, a manos llenas, llegó; ropa, tenis de marca y algunos lujos eran cosa de todos los días. Uno de los errores más grandes de nosotros como padres, fue hacernos de la vista gorda y pedirle al niño que nos ayudara con los gastos de la casa.

La madre suena arrepentida, como si quisiera regresar el tiempo, como si lo único que deseara fuera pedirle perdón a sus hijos, esos que ya no están con ella.

El tiempo pasó y mi esposo también le entró a eso de las entregas, nuestra vida cambió. Las carencias en la familia se fueron, vinieron los lujos y las comodidades, pero lo que mal empieza mal termina. Un día la AFI entró a nuestra casa, no encontraron nada, pero nos la quitaron.

Mi marido tuvo que huir a Estados Unidos; y mis hijos y yo cambiamos de residencia; nos mudamos al Estado de México. Ahí pensamos que podíamos volver a empezar, que lo pasado en el pasado se quedaría, pero no fue así.

María toma aire, sabe que su historia no termina ahí, los recuerdos que pasan por su mente hacen que la voz se le quiebre; que mire primero al cielo y después a sus dedos entrelazados con fuerza, tras un momento de meditación decide seguir.

Mi hijo nunca quiso “entender” que si te gusta la vida fácil y el dinero, es muy difícil cambiar y dedicarte a otra cosa.

En los ojos de María se esconde el llanto, las lágrimas están a punto de salir, bebe un poco de agua y continúa.

Ya en el Estado de México las cosas no fueron distintas, lo único que cambió fue el nombre de la banda y el patrón. Un día Armando desapareció, no llegó a dormir y fue entonces cuando comenzó la preocupación.

Armando fue levantado por miembros de su propia banda; al parecer porque éste se negó a entregar parte de las ganancias de la venta de drogas. Por varios días su madre y familiares lo buscaron sin tener éxito.

Algunos vecinos le comentaron a María que lo subieron en una camioneta blanca, para después perderse entre las calles de la colonia.

Con todo el dolor y miedo del mundo, tuve que ir con el patrón a preguntar por mi hijo; le dije que me lo regresara vivo o muerto, pero que me lo regresara así como lo tuviera. Con frialdad me contestó que no sabía de lo que le hablaba, que él no sería capaz de hacer una cosa así, con alguien de su propio grupo.

Las lágrimas terminan por caer y se deslizan por las mejillas de María; sin duda la mujer fuerte que comenzó a narrar esta historia se ha ido, se seca con un pañuelo y con los labios temblorosos termina.

Dos días después me avisaron que habían encontrado a mi hijo, estaba muerto; me lo fueron a tirar afuera de una tlapalería. María estalla en llanto, ya no puede seguir contando su historia, flaquea cuando el recuerdo de la angustia que vivió es más fuerte que ella, sus palabras se cortan, los nervios son muchos. La mujer abraza a su hijo que la acompaña, no puede más.

El cuerpo de Armando presentaba huellas de tortura, tenía las manos amarradas, había sido golpeado, se le veían moretones por doquier y un ojo reventado. Es lo último que María nos pudo contar.

En México los cárteles de la droga reclutan y enganchan cada vez más a niños y jóvenes para utilizarlos como distribuidores; muchos de ellos como Armando, ni siquiera alcanzan a vivir más de 18 años.

Nos leemos la próxima, recuerden que siempre hay una historia distinta que contar; me despido desde la Capital Azteca.


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El autor es reportero, cronista, escritor, especialista en lucha libre y aficionado al futbol.   ¿Quieres que cuente tu historia? Escribe a elbone089@gmail.com

Anabel Clemente

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