Amin Maalouf: la creación desbordada

Por Miguel Ángel Muñoz
miguelamunozpalos@gmail.com

A, Juan Goytosolo, por las complicidad de un mismo camino

Conocí a Amin Maalouf,  sin  duda una de las voces más esclarecedoras del  mediterráneo (Beirut,  Líbano, 1949), gracias a la enorme generosidad de Juan Goytisolo. Fue en París, sino me falla la memoria, en 1998.

Ya  había leído León el Africano y Samarcanda; libros  donde ha entregado esa parte del mosaico de la cultura e historia de las civilizaciones moriscas y occidentales que tanta falta nos hacen hoy día. Maalouf es dueño de una imaginación sin límites y de un  discurso histórico libre de “términos caducos”.

 “Mi sabiduría ha vivido en Roma, mi pasión en El Cairo, mi angustia en Fez, y en Granada  vive aún  mi inocencia”, así arranca su León el Africano.

Esta novela versa sobre un granadino exiliado: Hasan Ben Muhamad Al- Wazzan. “Siempre —dice el autor— me ha  interesado  mucho Al Andalus, ese modelo de convivencia de las tres religiones monoteístas y esa edad de oro de la civilización árabe, pero al personaje de Hasan, también llamado León, llegué por casualidad”.

Francófono por educación y exiliado en París desde el comienzo de la guerra civil en su país, el escritor libanés no pudo esquivar entonces la idea de que la verdadera patria de los de su estirpe no era un país, una religión o una lengua, sino el conjunto de reflejos, sentimientos y maneras de entender la vida asociados a quienes compartían unos orígenes comunes y ahora andaban esparcidos por todo el mundo.

“No procedo –dice el ganador del Príncipe de Asturias en 2010-  de ningún país, de  ninguna ciudad, de ninguna tribu.  Soy hijo del camino, caravana es mi patria y mi vida la más inesperada travesía”

Ganador  del Goncourt en 1993,  Maalouf  ha escrito ensayos y novelas maravillosas  sobre el mundo arábigo, musulmán de ayer y hoy,  y de textos iluminadores sobre la actual condición humana como lo es su libro  El desajuste del mundo.

Impulsado por una comprensible y desesperada preocupación, Amin Maalouf,  ha escrito durante años, más por conciencia que por ciencia, sobre las razones de los múltiples conflictos y guerras fratricidas que padecen ciertas zonas neurálgicas, donde derramar sangre parece un tópico y la violencia una actitud endémica.

Bosnia, Serbia y Croacia; Ruanda, Afganistán, Argelia; la magnitud de sus conflictos origina este caótico y particular intento por descifrar las coordenadas donde se aprieta el nudo gordiano de los continuos enfrentamientos armados. Está en muchos de sus libros:  Las Escalas de Levante, La roca de  Tanios, Identidades  asesinasLas cruzadas vistas por los árabes, y el más   reciente:  El desgaste  del mundo cuando nuestras civilizaciones se agotan ( Editorial Alianza, 2009). 

Nació en una pequeña comunidad, la greco-católica, de un país que siempre fue y es punto de encuentro  y de fricción entre Oriente y Occidente, el Islam y el cristianismo, la política y la religión, entre Israel y el resto del mundo árabe. Toda esta mezcla ha hecho de Amin Maalouf, un intelectual que define a la par la universalidad de los valores de la ciudadanía democrática y la riqueza de la diversidad cultural.  Si esa diversidad  paró el tiempo, como dice Goytisolo, Maalouf contribuyó a poner el reloj en marcha.

Cada uno de sus  textos no cumplen los parámetros del ensayo, están escritos con el tono de las ponencias o conferencias llenas de enunciados que buscan el debate, las respuestas a través de la polémica, por eso no hay en él, a pesar de sus títulos, más que asomos de respuestas a lo que, según su autor, es el detonante de la violencia en esas áreas del planeta.

Maalouf ve en la  globalización del planeta, las secuelas del “Abedul de hierro” moscovita; las comparaciones entre cristianismo e islamismo, lengua, nación y religión, uno de los graves problemas, no sólo de nuestro siglo XXI, sino de la historia del hombre en general, pero si es certera de afirmación de que el siglo en que vivimos tiene varios frentes abiertos, en una historia que cada día se ve más complicada.

Su libro,  Identidades asesinas es, en suma, un esfuerzo por comprender, no por explicar, los motivos de las guerras en Oriente Medio y África a partir de la identidad comprendida como razones religiosas, étnicas y otros componentes que la integran, convirtiéndola en elemento en contra de la especie. 

Nos descubre a personajes únicos como Omar Jayyám, o el fanático fundador de los Asesinos, Hassan Sabbath. Aparentemente más benévolo es La dama de las camelias, un clásico del amor apasionado y trágico. Maalouf  no tiene ninguna necesidad de ser esclavo  del gusto del público, sino dictar la norma de una memoria universal, lo mismo que el genio dicta la  suya en el arte. Un  texto ambicioso y exquisito, perteneciente a un tiempo.

Lo  cierto es  que vale la pena leer y releer a Maalouf.  El desajuste del mundo  es uno de sus últimos libros, donde intenta indagar en los motivos de los graves desajustes de distinto carácter (intelectual,  económico, climático), que sufre el mundo del siglo XX y los que ya sufrimos en el  XXI y a la vez proponer ideas distintas para paliarlos. Defendamos, así, pues, esa exigencia, esa necesidad de lo imposible —pero no descartada de una realidad futura—,  aunque sólo sea para  que la memoria   histórica  vuelva a ser real y nunca más se  pierda.

Una  obra que reflexiona sobre la locura del hombre,  que lo lleva  a grandes conflictos culturales y sociales de una etnia, de una religión o simplemente de un lenguaje.  Un texto de reflexión inédito, sorprendente,  pero sobre todo, un análisis inteligente sobre el hombre de Oriente y Occidente, que tanta falta nos hace  para comprender tantos problemas ya históricos entre ambas culturas.

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